EL MILAGRO DE
LOS 50 AÑOS
La vida de cada persona es un milagro
patente por la forma misteriosa en que nace y se desarrolla de forma misteriosa
y en muchos aspectos desconcertante. Pero a veces acaecen cosas en cada uno de
nosotros más cargadas de misterio. Me explico. El día 30 de junio del año 2013 se cumplieron 50 años de mi
ordenación sacerdotal. Afortunadamente he podido contarlo a pesar de los
problemas de salud que últimamente he tenido que afrontar. Nunca imaginé que yo
pudiera llegar a la edad de 75 años de ministerio sacerdotal que significó la
culminación de una trayectoria marcada por la búsqueda apasionada de la Verdad
que da sentido a la existencia humana. Pero vayamos por partes. Durante aquella
prolongada ceremonia de ordenación me sentí feliz pero muy cansado. Hasta tal
extremo que en algún momento de dicha celebración llegué a pensar si mis
fuerzas físicas darían de sí para resistir hasta el final. Pues bien, han
pasado 50 años desde aquel día memorable hasta el mes de junio del 2013. ¿Cómo
podía yo imaginar aquel día que iba a sobrevivir cincuenta años más? A este
hecho es a lo que denomino “un milagro de cincuenta años”. Pero los hechos
están ahí y sólo me resta añadir a ellos las consideraciones siguientes.
En primer lugar, en el ministerio
sacerdotal he cosechado las satisfacciones más grandes de mi vida. Además de
hacer presente a Cristo muerto y resucitado con la celebración de la
Eucaristía, la predicación del Evangelio que va aneja a dicha celebración fue
un complemento felizmente consolador. Tengo la impresión de que encontré la
forma de exponer la doctrina cristiana de suerte que mis oyentes encontraran a
Dios a través de Cristo y se quedaran con Él y no conmigo. La despedida popular
que reza así: “Vaya usted con Dios”, o “queden ustedes con Dios”, expresa muy
bien lo que debe ser el ministerio sacerdotal como ayuda para que los demás
encuentren a Dios y no como mera profesión lucrativa o de prestigio social.
Igualmente me reportó muchas
satisfacciones personales la administración del Sacramento de la Penitencia, o
como comúnmente se dice, de la confesión. El año 2012 tuve que suspender casi
todas mis actividades sacerdotales a causa de mi estado de salud siempre
crítico, excepción hecha del Jueves Santo. En compensación tenía al lado de mi
dormitorio una Capilla entrañable donde podía entrar y estampar un beso en la
puerta del Tabernáculo, o abrirlo y tomar la comunión de forma discreta y
entrañable cuando no me veía nadie. Todo quedaba así entre Cristo y yo solos.
Por todo lo dicho en mis recuerdos y
pensamientos en varios de mis libros comprenderá el lector que, al llegar a la
cumbre de los cincuenta años de servicio sacerdotal, no encuentre palabras para
expresar mi agradecimiento a Dios por este “milagro de los cincuenta años”
transcurridos desde aquella fecha histórica del 30 de junio de 1963.
Mis sentimientos de gratitud son
extensivos, como no podía ser de otra manera, a mis padres, Emiliano y Delfina,
que se desprendieron generosamente de mí para que siguiera libremente mi
vocación de peregrino de la verdad. Y por extensión, a la Orden de Predicadores
que puso a mi disposición los medios adecuados para que yo pudiera alcanzar esa
verdad que ilumina, consuela y redime en este valle de lágrimas. Dicho lo cual,
sólo me resta esperar a que después de este destierro existencial se produzca,
como así espero, un encuentro feliz con Dios, fuente del ser, del amor y de la
vida, llevado de la mano de su Rostro visible, que es Cristo, y de su amorosa
Madre María. NICETO BLÁZQUEZ, O.P.
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